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PRESENTACIÓN APOSTÓLICA, 3 DE AGOSTO DE 2008

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SANTA CONVOCACION 2008

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12 de diciembre de 1926

EL ARRIBO A GUADALAJARA, JALISCO

La asombrosa capacidad de trabajo del Hno. Aarón; ese constante caminar sin demostrar cansancio, lo hizo apresurar el paso, ya que estaban en los alrededores de Guadalajara; tenía prisa; pasaron por El Rosario un pueblecito pequeño, le hubiese gustado detenerse para predicar. Posteriormente, casi al anochecer, llegaron a San Martín de las Flores. La Hna. Elisa estaba agotada no podía caminar más. Sin conocer a nadie y sin dinero, no fue fácil encontrar posada.

El Hno. Aarón buscó en los alrededores del pueblo un lugar para pasar la noche, afortunadamente encontró una vieja casa abandonada y como estaba cerrada se acomodaron en el quicio de la entrada para desafiar al frío y la humedad de la madrugada. No faltaron los ruidos de los animales, los aullidos, el ladrar de los perros, y el concierto de todos los insectos del lugar; al que de alguna manera ya se habían acostumbrado.

Avanzada la noche cuando el rocío precede al amanecer, y la humedad se derrama suavemente sobre la naturaleza, cuando la neblina recibe la tenue claridad de la aurora que se hace tímidamente visible, el Hno. Aarón se incorporó, como si su alma volviera a sí mismo, hizo conciencia de su realidad, saboreó la reflexión y el sueño de esa noche se hizo patente y claro. ¡Dios le había hablado otra vez!, lo recordó claramente; pero esta vez no despertó sobresaltado, ni intranquilo.

El ambiente desprendía una grata calma, una dulce paz lo invadía, y percibió nuevamente el recuerdo, lo concienció y luego lo contuvo, lo disfrutó. Era el encanto incomparable de la voz de Dios. Y se acomodó, en el quicio sin despertar a su esposa, aspirando la frescura de la mañana, mediante sobre lo acaecido:

“Quiero que prediques el evangelio en esta ciudad, pues tengo una gran pueblo que me servirá y será ejemplo para muchas naciones que conocerán y esta será la prueba de que yo te he enviado YO estaré contigo”

Repasó la orden una y otra vez, como si quisiera encontrar el sabor del mandato, palabra por palabra. Se levantó y caminó lentamente, vio hacia el horizonte, estaba Guadalajara, tendida al fondo como un mapa, sumida en toda celeridad y frialdad de una ciudad de la época, su indiferencia, su profundo paganismo, sus desvíos, sus vicios, pero también su gente, la que Dios había dicho “me conocerán”, representaba su futuro, el porvenir, su vida. Y experimentó tal serenidad de alma, tal alegría de espíritu, que el recuerdo del sueño le apuraba a iniciar cuanto antes su destino. ¡Que placer obedecer! Como si los sufrimientos, las persecuciones y pobreza, cual grietas y hendiduras del tiempo desaparecieran y su animo recobrara su inquietud y a la vez su dinamismo.

Regresó a su presente, aún estaba la Hna. Elisa en el frío cemento de la entrada, y en hondo suspiro sintetizó su vida al lado de ella, su matrimonio, la milicia, la conversión, las visiones de Dios… ¡Cuánto había vivido en tan poco tiempo! la miró dulcemente, estaba profundamente dormida, sin sobresalto, ajena a la nueva disposición de Dios y cual susurro apenas perceptible, le dijo:

- Hija, levántate, demos gracias a Dios. La voz de Dios estuvo nuevamente conmigo, y vamos a obedecer

Por fin el 12 de diciembre de 1926 estaban ante la gran ciudad, cuna del paganismo, de idolatría  recalcitrante, de fanatismo feroz y sobre todo, de rechazo brutal y de intolerancia despiadada sobre toda práctica que no reconocieran al catolicismo; ese era su gran reto. Un frío sudor recorrió su cuerpo; se agitaron sus entrañas. El ex militar, el sencillo misionero, el humilde predicador, sin antecedentes académicos, sin diplomas, ni maestrías, se tendría que colocar frente a frente del coloso religioso; y en su reflexión, aparecieron los Apóstoles de Cristo, también sencillos, también modestos, también sin preparación profesional alguna; y la quietud le volvió al cuerpo, la voz de Dios las palabras, tomaron forma y escuchó nuevamente, con toda fuerza, vivas e intensas “YO estaré contigo”.

Esta meditación lo volvió a su realidad, fue el estímulo para entender la urgencia de empezar, de entregarse en el generoso interés por los demás y le dijo a su esposa:

Mira hija, yo tengo fe en que muchos serán llamados para entender el destino, de creer en Cristo, predicaré sin distinciones a débiles y poderosos, ese es el compromiso y mi desafío; me acompañarás e iremos por las plazas, los jardines, las cárceles y hasta los mismos templos a predicar la vedad; la verdad de esa voz que cautiva, que sin duda fascinará a todos los que la conozcan y ellos “serán ejemplo para muchas naciones que la conocerán”.

Y postrados dieron gracias a Dios de su llegada.

Este fue el pacto, compendio de fidelidad del Hno. Aarón con su Dios y de Dios con su enviado.

 

 

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